Si le preguntas a la mayoría de los profesionales sanitarios qué causa las infecciones asociadas a la asistencia sanitaria, lo normal es que te den una respuesta más o menos parecida.
Alguien se saltó un paso, no se lavó las manos, no se limpió bien una habitación o no se esterilizó correctamente un dispositivo.
Si bien todas esas situaciones pueden aumentar el riesgo de infección, también dan una imagen errónea de cómo se producen realmente las infecciones asociadas a la asistencia sanitaria.
La cruda realidad es que la mayoría de las infecciones asociadas a la asistencia sanitaria no se deben a un único error. A menudo son el resultado de múltiples pequeños problemas que se producen al mismo tiempo: un retraso en un proceso, falta de personal, una laguna en la documentación, equipos que no están disponibles cuando se necesitan o un flujo de trabajo que se ha vuelto más complicado de lo previsto.
Por separado, estos problemas pueden parecer insignificantes. Sin embargo, en conjunto crean las condiciones que hacen que la prevención de infecciones resulte más difícil de llevar a cabo de forma sistemática.
Esa distinción es importante porque el sector sanitario lleva décadas mejorando las prácticas individuales de prevención de infecciones. Se han ampliado los programas de higiene de manos. La limpieza del entorno se ha vuelto más rigurosa. Las normas de reprocesamiento de dispositivos siguen evolucionando. Los hospitales dedican una cantidad considerable de tiempo y recursos a programas de auditoría, formación, vigilancia y cumplimiento normativo.
Sin embargo, las infecciones asociadas a la atención sanitaria siguen siendo uno de los retos más importantes en materia de seguridad del paciente a los que se enfrenta la sanidad moderna.
Según el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades, cada año unos 4,3 millones de pacientes contraen una infección asociada a la asistencia sanitaria en los hospitales de toda Europa. En Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades estiman que, en un día cualquiera, uno de cada 31 pacientes hospitalizados padece al menos una infección asociada a la asistencia sanitaria.
Esas estadísticas no se deben a que el sector sanitario no se preocupe por la prevención de infecciones. Más bien al contrario, ponen de manifiesto lo difícil que se ha vuelto este reto.
La asistencia sanitaria ha cambiado más rápido que muchos procesos de trabajo
La realidad es que los hospitales de hoy en día son muy diferentes de lo que eran hace veinte años.
El número de pacientes sigue aumentando. La escasez de personal se ha convertido en una realidad en gran parte de Europa y América del Norte. Los requisitos de documentación siguen aumentando. Se pide a los departamentos que atiendan a más pacientes, realicen más procedimientos y mantengan unos niveles de cumplimiento más elevados, a menudo con los mismos recursos o incluso con menos.
La prevención de infecciones no se lleva a cabo al margen de esas presiones. Se lleva a cabo en medio de ellas.
Pensemos en una consulta ambulatoria típica en la que se utilizan dispositivos médicos reutilizables. Un dispositivo debe limpiarse previamente, desinfectarse, registrarse, almacenarse, recuperarse y ponerse a disposición del siguiente paciente. Dependiendo del flujo de trabajo, es posible que tenga que transportarse por todo el hospital varias veces antes de que pueda volver a utilizarse.
Ninguno de estos pasos es problemático en sí mismo. El problema es que cada paso adicional supone una nueva posibilidad de que se produzcan retrasos, incoherencias, fallos de comunicación o simples errores humanos.
Cuando los hospitales abordan el tema de la prevención de infecciones, suelen centrarse en si cada paso concreto se está llevando a cabo correctamente. Sin embargo, cada vez más, la cuestión más importante podría ser si el propio flujo de trabajo está contribuyendo al éxito de las personas.
El modelo del queso suizo sigue siendo válido
Los expertos en seguridad del paciente llevan mucho tiempo utilizando el modelo del queso suizo para explicar cómo se producen los eventos adversos.
El concepto es sencillo. Cada nivel de protección tiene sus puntos débiles. La higiene de las manos tiene sus puntos débiles. La limpieza del entorno tiene sus puntos débiles. El reprocesamiento tiene sus puntos débiles. La documentación tiene sus puntos débiles. La formación tiene sus puntos débiles.
Es raro que se produzca una infección porque una capa falle por completo. Ocurre cuando se acumulan varios pequeños puntos débiles.
Históricamente, los hospitales han respondido reforzando cada uno de estos aspectos: una mejor formación, mejores auditorías, mejores protocolos de limpieza y un mejor control del cumplimiento.
Todas esas mejoras son importantes. Sin embargo, cada vez se reconoce más que los espacios entre las capas merecen la misma atención.
Por ejemplo, un hospital puede contar con excelentes procedimientos de reprocesamiento. Sin embargo, si la disponibilidad del equipo se convierte en un cuello de botella, el personal puede verse sometido a una mayor presión en el flujo de trabajo. Si los sistemas de documentación no están interconectados, puede resultar difícil recuperar los registros de trazabilidad. Si los dispositivos deben transportarse largas distancias para su reprocesamiento, los tiempos de respuesta aumentan y, a menudo, crecen los requisitos de inventario de equipos.
Ninguno de estos problemas provoca directamente una infección, pero sí generan fricción. Y la fricción tiende a poner de manifiesto los puntos débiles de todo el sistema.
La próxima frontera en la prevención de infecciones
Durante años, la prevención de infecciones se ha centrado principalmente en las intervenciones clínicas. Cada vez más, las organizaciones sanitarias reconocen que la excelencia operativa también constituye una estrategia para la seguridad del paciente.
Las preguntas que antes eran competencia exclusiva de los equipos de operaciones se están convirtiendo ahora en cuestiones de carácter colaborativo que también plantean los responsables de la prevención de infecciones.
- ¿En cuánto tiempo puede volver a estar operativo el equipo?
- ¿Cuántos pasos manuales conlleva el reprocesamiento?
- ¿Es fácil recuperar los registros durante una auditoría?
- ¿Cuánto tiempo pasan los médicos esperando a que les presten el equipo?
- ¿Cuánto transporte se necesita entre departamentos?
Es posible que las respuestas a estas preguntas no figuren en un informe de microbiología, pero tienen un impacto significativo en la fiabilidad con la que funcionan a diario los programas de prevención de infecciones. Los sistemas más eficaces no suelen ser los que tienen más normas, sino aquellos que facilitan hacer lo correcto.
Crear sistemas más sólidos, no solo procesos más sólidos
Este cambio de mentalidad está transformando la forma en que los hospitales evalúan las tecnologías de prevención de infecciones.
Las organizaciones sanitarias ya no se fijan únicamente en los datos de eficacia. También tienen en cuenta el impacto en los flujos de trabajo, la trazabilidad, la sostenibilidad, las necesidades de personal y la eficiencia operativa.
Reducir la complejidad, mejorar el cumplimiento normativo, prevenir daños y evitar la pérdida de tiempo del personal son la única forma de seguir aumentando la capacidad del hospital para atender a la comunidad, a pesar de la carga que supone la escasez de personal.
No se trata de temas independientes de la prevención de infecciones. Cada vez más, forman parte del mismo debate.
En UV Smart, creemos que el futuro de la prevención de infecciones pasa por reforzar todo el sistema, y no solo una de sus fases. Esto implica ofrecer una desinfección rápida y contrastada, al tiempo que ayudamos a los hospitales a mejorar la trazabilidad, reducir los cuellos de botella en los flujos de trabajo y acercar el reprocesamiento al punto de atención.
Porque prevenir las infecciones asociadas a la asistencia sanitaria es algo más que eliminar microorganismos. Se trata de crear procesos que los profesionales sanitarios puedan seguir de forma sistemática, incluso en los días de mayor actividad.
Los programas de prevención de infecciones más eficaces no se basan en una única capa de protección. Se basan en sistemas en los que cada capa refuerza a la siguiente.
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